Te encontré en un día espontáneo, no tenía planeado conocerte, pero todo lo que conspira el destino a espaldas de uno suele tener un fin medio dramático y tú no fuiste si no un poco de comedia para él.
Llovía, el cielo nublado me insinuaba a correr lo más rápido posible a casa, las sombrillas volaban, los zapatos pretendían saltar charcos profundos, los carros frenaban, los perros ladraban. Por un momento me detuve y pensé: ¿por qué correr?, ¿por qué alterarse? Fue entonces cuando paré repentinamente y alce la vista. Miré todo tan despacio como en cámara lenta, los párpados mojados me impedían ver claramente, pero agudicé la mirada. Todo corría a un tiempo determinado, todo era atropellado pero con un fin colectivo. Curiosamente nadie ponía atención, me sentía sola entre tanta gente, me sentía en un espacio amplio entre las pisadas y empujones que daba cada persona queriéndome quitar de su camino. No analizaba, sólo soñaba, sólo intentaba concentrarme en alguna escena perfecta para la ocasión. El instante parecía exacto para recrear una situación romántica y placentera, de aquellas que usualmente utilizan en las novelas.
Me sentía escritora de antaño queriendo redactar un libro completo de poemas. Entonces, respiré hondo y profundo, retomé ligeramente el paso y concluí que era mejor seguir caminando antes de agarrar un resfriado.
Mis pasos atropellados sólo ayudaron a avanzar hasta la esquina de la cuadra, no obstante las gotas me sacudían cada vez más y, entonces pasó. Te encontré como una partícula fuera de lugar, como el punto negro entre tanta claridad. Me quedé un segundo parada y froté los ojos, tu mirada se hallaba perdida entre el agua, me imaginé viéndome en un espejo con la actitud de hace unos momentos.
Estaba realmente feliz por la coincidencia bastante atinada; a ti tampoco te importaba en lo más mínimo la secuencia del tiempo, sólo soñabas, y entonces la mueca de una sonrisa traviesa apareció en mis labios. Desperté de la excitación de verte sentado en tu cajón peruano, después de un malicioso e inoportuno empujón del "señor tengo prisa" que con sombrilla en mano murmuró en tono baste alto "quítate estorbo". Irritada regresé a la escena y realmente me sentí bastante torpe y, apenada, me pegue a la pared.
Mi imaginación voló y como en una especie de cursilería concluí la historia de romance teniéndonos como protagonistas. Mil poemas se trabajaban en mi cabeza a paso veloz, cien canciones pude componer en tu honor, toda sarta de tonterías cobraban sentido cuando jugaba a adivinar la forma de tu sonrisa, el tono de tu voz, adivinar tu pasado, tu nombre y lo que en ese momento soñabas.
Mi respiración se cortó cuando de la nada volteaste la cabeza y clavaste tus ojos en mí, como si me ahogara en un grito silencioso, baje la cabeza y sonreí como idiotizada por un efecto narcótico. El agua para ese entonces ya había cesado, los ríos en las calles llevaban cualquier tipo de basura y el olor repugnante que emanaba de las alcantarillas se intensificaba cada vez más. Mi corazón brincaba cual sapo en acción de huida, mis manos temblaban, toda yo estaba sumergida en algo que aún no encuentro el nombre.
Supongo que nadie se daba cuenta de semejante situación y pedía que tú tampoco adivinaras lo que en esos momentos pasaba dentro de mí. Tus ojos realmente eran hermosos, tu apariencia era bastante despreocupada, parecías el filósofo del momento con su sabiduría regada alrededor; y yo cual niña de cinco años, arrinconada en la pared, mirándote como al regalo que se encuentra detrás del aparador y que en algún momento se vuelve inalcanzable. No podía tolerar tal situación, tú como si nada y yo confundida, descontrolada e inexplicablemente atontada por ti.
Entonces, decidida, sacudí la cabeza, me pare firme y crucé la calle con la intención de conocerte. Impulsada por un instinto, llegué hasta ti, abrí los ojos y respiré profundo. Minuto continuo, tome tu cara y sin más te besé, ¡sí, te besé! No se cuanto tiempo permanecí pegada a tu boca, no se lo que pudiste pensar, solo se que mis ganas fueron bastante obvias y te contagié.
Cuando regresamos a la realidad, abriste los ojos y dibujaste las más linda sonrisa que jamás haya visto. La sonrisa fue franca, y como si el sol saliera, el calor absorbió mi cuerpo. En ese instante me separé de ti, con toda claridad y paciencia te dije: ¡gracias! Entonces caminé con paso apresurado y el éxtasis de nuestro beso se sintió a la distancia.
Ahora, sin remordimiento te lo repito, gracias por darme un momento de inspiración, gracias por aparecer en ese instante y dejar tu huella en mi vida para siempre.

