Camino de espaldas por el callejón donde recorrimos de niños nuestras aventuras ingenuas y con malicias discretas. Veo que doña Maru aún sale a vender por las noches en su puesto de elotes tan rustico pero con tantas historias por contar. La verdad, siempre quise saber la auténtica leyenda de su burdel clandestino, cerrado hace no más de 20 años por un dizque nuevo presidente municipal muy mocho y con visiones futuristas para los viejos del pueblo.
Doña Maru todavía conserva esas trenzas amarradas con su ya típico listón negro. Sus manos cenizas por tiznar tanto el comal, su mandil viejo y tan descontinuado como ella, la mirada vaga y sin destello que suplican un poco de compasión a tan colérica depresión, me recuerdan tanto a la abuela Romelia (que Dios la tenga en su gloria). No es cuestión de justificarla, pero sé que en el fondo es una persona con sentimientos muy bien guardados, con tanto amor por dar, con tantas carcajadas por gastar y sin una oportunidad para demostrarlo.
Mi andar es pausado, como perdonando a la tierra que piso en cada paso que doy. El viento sopla en mi cara y susurra mi nombre en cuestión de implorar una plegaria para el pobre olvidado. El callejón todavía se encuentra iluminado por las pequeñas lucecitas que intentan, en un deseo fallido, recuperar el color de la tierra expuesta de día al sol y de noche a la luna ciega que, por segundos, me hace manifestar un suspiro con aliento alcoholizado por tan tremenda tristeza que acabo de beber en la cantina de don Porfirio.
Me siento en los tabiques de la esquina a esperar puntualmente la llegada de tu recuerdo. ¡Ay recuerdos de mi lucidez! ¿De dónde saco tanta imaginación para mi encuentro fortuito con tu historia? La verdad nunca lo había pensado, hasta hoy, pero no tengo ganas de encontrar razones que justifiquen a la ansiedad expuesta a mi juicio voluntario.
Mi mente continua un poco distraída ante tal revelación que me hizo un foráneo hace no más de media hora en la cantina de don Porfirio. No pongo en tela de juicio la lucidez del pobre tipo, pero por algo dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. En cuestión de una hora y media, el señor confesó ser íntimo amigo de mi abuelo paterno y por tal motivo conocía a la perfección la vida y obra de éste ancestro mío. Por tales circunstancias, tenia el derecho (según él) a contarme con detalle el lío amoroso que protagonizó mi abuelo con doña Lupe, la primera dueña de la tienda de abarrotes, en tiempos de revolución nacional.
Después de aquella media hora, no sabía como decirle a aquel hombre mayor, que la información obsoleta que me estaba dando me venia valiendo un bledo, que me importaba en lo mas mínimo si mi abuelo se había acostado con doña Lupe o con quien quisiera, porque no es bueno juzgar a los muertos. Pero pensándolo bien, al fin podría encontrar el hilo negro de tanta compostura en la historia familiar. Armar el rompecabezas de mi origen tan atropellado, concebido por mi madre como un paso más a la tradición ya conocida por todos en el pueblo.
¡Ah! Ya casi es media noche y sigo pendiente a cada segundo del tiempo, me pregunto por dónde vendrás, tu paso será clamado o por el contrario, corres sin piedad alguna. Cuánto más soportaré sentada ignorando el futuro pero discutiendo con el pasado. ¡Qué ocurrencia la mía!, jugar con la imaginación y descubrirme pintando estrellas, corazones y fantasías en espacio no existentes y a veces estimulante a la locura. Sí, locura espontánea pero difícil de llenar y complacer.
Hoy te estoy esperando a ti pero tal vez mañana me espere a mí, o al que me entienda o al que llegue primero. Quizá siga contando mi historia o invente más de una para comprometer comienzos y finales trágicos o felices en una antología agotada. Confío encontrar un sostén para tanta elocuencia y piedad para aquella que camina de espaldas por un callejón oscuro.
Doña Maru todavía conserva esas trenzas amarradas con su ya típico listón negro. Sus manos cenizas por tiznar tanto el comal, su mandil viejo y tan descontinuado como ella, la mirada vaga y sin destello que suplican un poco de compasión a tan colérica depresión, me recuerdan tanto a la abuela Romelia (que Dios la tenga en su gloria). No es cuestión de justificarla, pero sé que en el fondo es una persona con sentimientos muy bien guardados, con tanto amor por dar, con tantas carcajadas por gastar y sin una oportunidad para demostrarlo.
Mi andar es pausado, como perdonando a la tierra que piso en cada paso que doy. El viento sopla en mi cara y susurra mi nombre en cuestión de implorar una plegaria para el pobre olvidado. El callejón todavía se encuentra iluminado por las pequeñas lucecitas que intentan, en un deseo fallido, recuperar el color de la tierra expuesta de día al sol y de noche a la luna ciega que, por segundos, me hace manifestar un suspiro con aliento alcoholizado por tan tremenda tristeza que acabo de beber en la cantina de don Porfirio.
Me siento en los tabiques de la esquina a esperar puntualmente la llegada de tu recuerdo. ¡Ay recuerdos de mi lucidez! ¿De dónde saco tanta imaginación para mi encuentro fortuito con tu historia? La verdad nunca lo había pensado, hasta hoy, pero no tengo ganas de encontrar razones que justifiquen a la ansiedad expuesta a mi juicio voluntario.
Mi mente continua un poco distraída ante tal revelación que me hizo un foráneo hace no más de media hora en la cantina de don Porfirio. No pongo en tela de juicio la lucidez del pobre tipo, pero por algo dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. En cuestión de una hora y media, el señor confesó ser íntimo amigo de mi abuelo paterno y por tal motivo conocía a la perfección la vida y obra de éste ancestro mío. Por tales circunstancias, tenia el derecho (según él) a contarme con detalle el lío amoroso que protagonizó mi abuelo con doña Lupe, la primera dueña de la tienda de abarrotes, en tiempos de revolución nacional.
Después de aquella media hora, no sabía como decirle a aquel hombre mayor, que la información obsoleta que me estaba dando me venia valiendo un bledo, que me importaba en lo mas mínimo si mi abuelo se había acostado con doña Lupe o con quien quisiera, porque no es bueno juzgar a los muertos. Pero pensándolo bien, al fin podría encontrar el hilo negro de tanta compostura en la historia familiar. Armar el rompecabezas de mi origen tan atropellado, concebido por mi madre como un paso más a la tradición ya conocida por todos en el pueblo.
¡Ah! Ya casi es media noche y sigo pendiente a cada segundo del tiempo, me pregunto por dónde vendrás, tu paso será clamado o por el contrario, corres sin piedad alguna. Cuánto más soportaré sentada ignorando el futuro pero discutiendo con el pasado. ¡Qué ocurrencia la mía!, jugar con la imaginación y descubrirme pintando estrellas, corazones y fantasías en espacio no existentes y a veces estimulante a la locura. Sí, locura espontánea pero difícil de llenar y complacer.
Hoy te estoy esperando a ti pero tal vez mañana me espere a mí, o al que me entienda o al que llegue primero. Quizá siga contando mi historia o invente más de una para comprometer comienzos y finales trágicos o felices en una antología agotada. Confío encontrar un sostén para tanta elocuencia y piedad para aquella que camina de espaldas por un callejón oscuro.