Hora aproximada: 10:30 de la mañana, domingo, desperté y el olor a cigarro del día cautivó mi nariz, entonces abrí los ojos despacio, como cuando destapas un gran regalo de navidad, mis pupilas tropezaron con tu cara adormilada y de manera instantanea sonreí, las hormiguitas comenzaron a recorrer mis piernas, mi estomago y llegaron hasta la punta del cabello.
Por un segundo me detuve a pensar en la manera más creativa para despertarte y como un ritual besé tu mejilla y piqué tu hombligoo en señal de inicio de guerra, tú sin abrir los ojos, sonreiste apenas recobrando la realidad. balbuseaste un, "dame cinco minutos, te lo juro" y me invitaste a besarte más y más.
Ese era el tercer domingo del año, la tercera vez que dormia en la casa, que me apropiaba de tu cama, que mi costumbre se ensañaba más a ti, a tu olor, a tu ropa, a tu almohada, era el día siguiente al sabado de rutina, a ese sabado invernal que comenzaba a saber a risas, a alcohol, a comida, a amigos y a nosotros.
El domingo dejaba de sentirse individual, dejaba de ser el comodin de mi semana, definitivamente el domingo comenzaba a tener un sabor dulzón, de esos que te hacen adicta, que terminada la tarde empieza a hacer estragos en la conciencia que regresa de vacaciones.
Los cinco minutos se hacían una hora, miraba por enecima vez el techo, recorria la imaginación por las paredes de la habitación, silbaba y tarareaba cualquier canción que venia a mi mente, comenzaba a hacer más ruido, me paraba, me vestia hasta que por fin lograba despertate y entonces el juego comenzaba de nuevo.
Las risas empezaban a fluir, los cuerpos se juntaban más en abrazos de dos, los momentos se comenzaban a formar, mi felicidad fluia sin tapujo alguno, mis ganas de tener todo lo que fuera de ti mostraban la indecencia del momento.
Hora aproximada: 17:50 yo me dispuse a caminar hacia la puerta, ya compuesta solo te abracé, te besé hasta quitarte el aliento, queditO susurré -¡te veO mañana, descanza!- y me marché sin mirar atras para no encontrarme con el recuerdo.
Por un segundo me detuve a pensar en la manera más creativa para despertarte y como un ritual besé tu mejilla y piqué tu hombligoo en señal de inicio de guerra, tú sin abrir los ojos, sonreiste apenas recobrando la realidad. balbuseaste un, "dame cinco minutos, te lo juro" y me invitaste a besarte más y más.
Ese era el tercer domingo del año, la tercera vez que dormia en la casa, que me apropiaba de tu cama, que mi costumbre se ensañaba más a ti, a tu olor, a tu ropa, a tu almohada, era el día siguiente al sabado de rutina, a ese sabado invernal que comenzaba a saber a risas, a alcohol, a comida, a amigos y a nosotros.
El domingo dejaba de sentirse individual, dejaba de ser el comodin de mi semana, definitivamente el domingo comenzaba a tener un sabor dulzón, de esos que te hacen adicta, que terminada la tarde empieza a hacer estragos en la conciencia que regresa de vacaciones.
Los cinco minutos se hacían una hora, miraba por enecima vez el techo, recorria la imaginación por las paredes de la habitación, silbaba y tarareaba cualquier canción que venia a mi mente, comenzaba a hacer más ruido, me paraba, me vestia hasta que por fin lograba despertate y entonces el juego comenzaba de nuevo.
Las risas empezaban a fluir, los cuerpos se juntaban más en abrazos de dos, los momentos se comenzaban a formar, mi felicidad fluia sin tapujo alguno, mis ganas de tener todo lo que fuera de ti mostraban la indecencia del momento.
Hora aproximada: 17:50 yo me dispuse a caminar hacia la puerta, ya compuesta solo te abracé, te besé hasta quitarte el aliento, queditO susurré -¡te veO mañana, descanza!- y me marché sin mirar atras para no encontrarme con el recuerdo.