martes, 10 de junio de 2008

Al estilo mil-ocho-mil palabras en la historia sin llenar

Y la noticia del día de hoy recae en que la imaginación ha escaseado. Tal vez sea por pereza mental, por falta de inspiración (que vaya es notorio), pero simplemente no quiere instalarse en mí. Pienso y le doy vueltas a lo mismo. Hay un hoyo profundo, un colapso de emociones que finalmente me hacen sentir un vacío intenso, infinito y oscuro que no me alimenta pero que tampoco me deja con hambre. Siento como mi interior se hiela y se suspende en el aire sin sostén seguro. La chispa que se prendía cada vez que los deseos volaban, que la furia de escribir tantas letras como le caben a un minuto antes de pasar al olvido, al parecer también anda caducando. Últimamente no he tenido combustible o la mecha está envejeciendo. Es como cuando te dicen que el barco de la eternidad está al borde del colapso por sobrecarga de demostraciones clausuradas.

Mi capacidad se reduce a redundar en las añoranzas, en lo que quise ser, en los tiempos lejanos, en la que quizás fue buena la vida buena.

Es raro, pero mi mecanismo de camión de basura que apachurra todo hasta comprimirlo en su mínima expresión y aglutinarlo por secciones en un cachito de corazón, tiene que ver con lo que ahora pretendo desechar. Ah! y no es por pedir a gritos ayuda, más bien es sólo una forma de externar algo que no tiene sentido. Déjenme reprochar con intensidad radical lo injusto que me parece esto, y es que últimamente no se encuentra algo que verdaderamente nutra el alma. Será el clima o la bipolaridad de una mujer, pero mañana posiblemente la historia pueda cambiar o el mes que viene, no intento esperar, que no es bueno, pero por hoy dormir tranquila es cuestión de privilegios de antaño.

Un gramo de felicidad =D

Mi perro, mi árbol y mi banca. Tu espejo, tu reflejo y tus complejos. Nuestro encuentro perfecto, nuestro tiempo, nuestro olvido. Ustedes espectadores de ella y de él. No es cuestión de conjugar tiempos y formas, todo cae en mi cuento perfecto de los dulces sabores de la felicidad. ¡Sí!, esa felicidad que palabras se votan de mi boca hacia el masivo mar y aun así no llegan ni a la mitad de éste.
Reír con ojos ingenuos, con la frente en alto, con los brazos extendidos, con los labios frescos y con la boca insensata. ¿Quién querrá perdérselo?, sólo el loco suicida que cambia lo mucho por lo poco, pero no importa. No a quien encuentra la chispa de un segundo que resulta ser el motor de una vida más ligera y próspera.

Sorprendente un beso sabor a menta con chocolate, un abrazo con olor a palomitas de caramelo, un te quiero sumergido entre alcohol y chispas de azúcar. No es combinación de sabores y menos una receta de cocina para hacer sonreír, porque de aquellas ya está lleno el recetario y aún así algunas salen contraproducentes.

Mejor dime, ¿a qué te sabe un gracias a la una de la mañana en un despertar de surrealismo inspirado en unos ojos perdidos entre tanta cortesía? ¿A qué te huele un te amo atrapado en un suspiro que te refresca hasta temblar de encanto? ¡Ah!, que difícil y atropellado encontrar una respuesta presurosa., cuando se dice que la razón pierde estilo y elegancia ante los presurosos sentimientos que corren para no ser descritos y ni siquiera reconocidos. Mejor juguemos y encantemos todo lo que pueda ser encantado con una sonrisa eterna y transparente, que ni el sentimiento más rencoroso pueda borrarla.

¡Vamos, sonríe! que aún no se le encuentra multa ajena a tus ojos radiantes. Sonríe claro y sincero que por hoy todo es posible en un mar de fantasías.

jueves, 6 de marzo de 2008

De encuentrOs y recuerdos

Camino de espaldas por el callejón donde recorrimos de niños nuestras aventuras ingenuas y con malicias discretas. Veo que doña Maru aún sale a vender por las noches en su puesto de elotes tan rustico pero con tantas historias por contar. La verdad, siempre quise saber la auténtica leyenda de su burdel clandestino, cerrado hace no más de 20 años por un dizque nuevo presidente municipal muy mocho y con visiones futuristas para los viejos del pueblo.
Doña Maru todavía conserva esas trenzas amarradas con su ya típico listón negro. Sus manos cenizas por tiznar tanto el comal, su mandil viejo y tan descontinuado como ella, la mirada vaga y sin destello que suplican un poco de compasión a tan colérica depresión, me recuerdan tanto a la abuela Romelia (que Dios la tenga en su gloria). No es cuestión de justificarla, pero sé que en el fondo es una persona con sentimientos muy bien guardados, con tanto amor por dar, con tantas carcajadas por gastar y sin una oportunidad para demostrarlo.
Mi andar es pausado, como perdonando a la tierra que piso en cada paso que doy. El viento sopla en mi cara y susurra mi nombre en cuestión de implorar una plegaria para el pobre olvidado. El callejón todavía se encuentra iluminado por las pequeñas lucecitas que intentan, en un deseo fallido, recuperar el color de la tierra expuesta de día al sol y de noche a la luna ciega que, por segundos, me hace manifestar un suspiro con aliento alcoholizado por tan tremenda tristeza que acabo de beber en la cantina de don Porfirio.
Me siento en los tabiques de la esquina a esperar puntualmente la llegada de tu recuerdo. ¡Ay recuerdos de mi lucidez! ¿De dónde saco tanta imaginación para mi encuentro fortuito con tu historia? La verdad nunca lo había pensado, hasta hoy, pero no tengo ganas de encontrar razones que justifiquen a la ansiedad expuesta a mi juicio voluntario.
Mi mente continua un poco distraída ante tal revelación que me hizo un foráneo hace no más de media hora en la cantina de don Porfirio. No pongo en tela de juicio la lucidez del pobre tipo, pero por algo dicen que los borrachos y los niños siempre dicen la verdad. En cuestión de una hora y media, el señor confesó ser íntimo amigo de mi abuelo paterno y por tal motivo conocía a la perfección la vida y obra de éste ancestro mío. Por tales circunstancias, tenia el derecho (según él) a contarme con detalle el lío amoroso que protagonizó mi abuelo con doña Lupe, la primera dueña de la tienda de abarrotes, en tiempos de revolución nacional.
Después de aquella media hora, no sabía como decirle a aquel hombre mayor, que la información obsoleta que me estaba dando me venia valiendo un bledo, que me importaba en lo mas mínimo si mi abuelo se había acostado con doña Lupe o con quien quisiera, porque no es bueno juzgar a los muertos. Pero pensándolo bien, al fin podría encontrar el hilo negro de tanta compostura en la historia familiar. Armar el rompecabezas de mi origen tan atropellado, concebido por mi madre como un paso más a la tradición ya conocida por todos en el pueblo.
¡Ah! Ya casi es media noche y sigo pendiente a cada segundo del tiempo, me pregunto por dónde vendrás, tu paso será clamado o por el contrario, corres sin piedad alguna. Cuánto más soportaré sentada ignorando el futuro pero discutiendo con el pasado. ¡Qué ocurrencia la mía!, jugar con la imaginación y descubrirme pintando estrellas, corazones y fantasías en espacio no existentes y a veces estimulante a la locura. Sí, locura espontánea pero difícil de llenar y complacer.

Hoy te estoy esperando a ti pero tal vez mañana me espere a mí, o al que me entienda o al que llegue primero. Quizá siga contando mi historia o invente más de una para comprometer comienzos y finales trágicos o felices en una antología agotada. Confío encontrar un sostén para tanta elocuencia y piedad para aquella que camina de espaldas por un callejón oscuro.