Al filo de la cama la maleta abierta, esperando que inicie con la selección de trapos que cargaré por más de seis horas hasta llegar a lo desconocido. La última vez que estuve ahí, tú me despediste de esa manera, esa tan fria pero melancólica manera, aún lo recuerdo, a pesar de que ya pasaron dos meses y yo siga sin saber de ti.
En el ropero se asoman las playeras, blusas, calzones, calcetines sin par, todos ellos escupidos, revueltos, como revuelta está mi vida, como revuelto está todo lo que me pertenece, mi cama, mi recamara, mi mesa, mi piso, mi aspecto, todo eso lleno de polvo, lleno de cables, lleno de periódicos de hace meses, lleno de libros a medio leer, todo eso que he prolongado para después.
Creo que ese después está cada vez más cerca, como cerca está la partida. Sólo de pensar en eso se me revuelve el estomago con los sentimientos encontrados, con los retortijones de ti y de mi que también los postergo para después, mientras ocupo mi pensamiento en decidir qué esmalte de uñas usar.
Al filo de la cama yace mi maleta, yacen las nuevas mentadas de madre, las nuevas risas, los nuevos llantos, los nuevos miedos que están apunto de ser estrenados, eso sí me pone la piel chinita, como cuando escucho a Chabela Vargas con su voz desgarrante, con su voz sumergida en agua ardiente y tristeza profunda.
Me aferro a mi cama, a mi almohada y lloro en silencio y tiemblo completita, más cuando pienso en decir adiós, cuando ese golpe en la espinilla me hiera hasta lo más profundo y me eche de este lugar como inquilina no deseada y lo peor, sin darme la bendición por lo menos.
En fin, la maleta sigue ahí, esperando paciente, guardando silencio, mientras yo me peleo con el después, que por cierto, creo que está vez volvió a ganar la batalla.
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