martes, 18 de enero de 2011

Una noche de tres...

Un vaso de tequila y una canción de Javier Solís están bien para mí, por el momento.
"¡Que me sirva de una vez pa´todo el año, que me pienso seriamente emborrachar...!" escucho de quedito por la habitación, como una invitación indecorosa al suicidio, como dedicándome ese dolor en el pecho que se enciende al pasar el aguardiente.
Esta noche me la dedico, a mí y a mis penurias que no hacen más que disfrutar de este dolor añejado por el tiempo. No hay más, somo tres en la habitación, la felicidad, esta vez, no fue invitada por cuestiones de celos.
..."¡Si te cuentan que me vieron muy borracho, orgullosamente diles que es por ti, porque yo tendré el valor de no negarlo...!" me entono más entusiasmada que hace un momento, no alzo la voz por temor a despertar a los vecinos, pero Javier Solís no me deja sola, es más, me motiva a insistir con mi voz etílica.
El vaso ya no tiene más líquido y yo apenas estoy entrando en tono, la voz del cantante me insiste y yo no me resisto. Cojo la botella y sirvo por tercera vez en la copa, esta vez aumento la dosis, total, así es esto de brindar por la amargura y por mí.
¿El amor ya no me interesa?, tal vez, o no sé, no creo que muera de amor como dice la canción, no sé de qué moriré después, pero eso por el momento no me interesa.
Me he olvidado de las tantas veces que termino haciéndome amiga de las canciones dolidas y de los interpretes de cantina, hoy tampoco quiero recordarlo.
La música para, creo que Javier ya se cansó de cantar, el silencio vuelve a cobrar espacio, yo no lo permito, veremos cómo nos acompaña Chavela Vargas, ella puede ser más solidaria por aquello del género.
"¡Tómate esta botella conmigo y en el último trago nos vamos, quiero ver a que sabe tu olvido, sin poner en mis ojos tus manos..!" dice la Vargas, mientras, yo comienzo la cuenta del quinto o sexto vaso, ya no sé...

jueves, 13 de enero de 2011

digo no a tu cuerpo desnudo

No, definitavente me declaron encontra de tu piel morena, me niego a ver cada partícula de tu cuerpo que se contrae con el roce de mis dedos.
Me niego a confrontar tus pecas sin esterilizar, tu bello sin mojarse, tu cabello sin peinar.
Ya no quiero más, mis ojos protestan de tanta saturación tuya, de tanta imagen repetida de tu persona.
Este basta tormentoso se contradice cuando mis manos recorren los huecos de tus brazos, de tus piernas, de tu cuello.
Pero yo me esfuerzo, de verdad que lo hago. Ni un pecado más, ni un escalofrío que termine en fundirme con tu aroma, que permita que bese tu alma, tu imperfección.
Declaro clausurada mi vista, mis sensaciones, mi imprudente contagio de las ganas que tengo de susurrarte y que intento esconderlas bajo mi falda.

Si de necesidad hablamos...

La necesidad mata poco a poco al gato, y a mí.
Yo no sé de cierto si eso sea algo grave o hasta dónde pueda importarle al felino, pero definitivamente yo sí necesito, y necesito ya.
Me come un beso no dado, un abrazo negado y esta inactividad que me obliga a postrarme en el sillón, olvidándome de lo demás y de los de allá.
Muchas cosas se quedan para después, pero nada para ya, y yo con ese silencio impaciente, con ese tono de cotidianidad que parece rancio y sin chistar, y el gato que chilla por las noches y duerme en el día.
Y tú que me obligas a odiarte y a quererte, a extrañarte y a hartarme de tu ausencia y hasta recordarte me desmotiva.
Todo se ha vuelto una necesidad: las ráfagas de luz por las noches de tránsito rápido en esta ciudad, el cielo azul claro en donde las nubes gozan de una redondez exacta, el calor de tu cuerpo junto al mio, la sonrisa que distorciona la realidad de los enamorados, todo eso es una necesidad, menos yo.
Yo  innecesaria, sin un plan emergente y expuesta al rin rin, al toc toc, al run run de todos los días, que llegan a otros destinatarios, menos a esta casa vieja y sin alma.
Innecesaria por las mañanas, cuando despierto en la cama y no está tu susurro, y desayuno con el reflejo del sillón vacío; innecesaria hoy por la noche que el eco del suspiro se esparce por todas las paredes.
Tú más necesitado que yo; yo menos que el gato, pero aún así nos necesitamos y nos desairamos tremendamente, en el tiempo otoñal de este lugar sin hojas caídas.