jueves, 13 de enero de 2011

Si de necesidad hablamos...

La necesidad mata poco a poco al gato, y a mí.
Yo no sé de cierto si eso sea algo grave o hasta dónde pueda importarle al felino, pero definitivamente yo sí necesito, y necesito ya.
Me come un beso no dado, un abrazo negado y esta inactividad que me obliga a postrarme en el sillón, olvidándome de lo demás y de los de allá.
Muchas cosas se quedan para después, pero nada para ya, y yo con ese silencio impaciente, con ese tono de cotidianidad que parece rancio y sin chistar, y el gato que chilla por las noches y duerme en el día.
Y tú que me obligas a odiarte y a quererte, a extrañarte y a hartarme de tu ausencia y hasta recordarte me desmotiva.
Todo se ha vuelto una necesidad: las ráfagas de luz por las noches de tránsito rápido en esta ciudad, el cielo azul claro en donde las nubes gozan de una redondez exacta, el calor de tu cuerpo junto al mio, la sonrisa que distorciona la realidad de los enamorados, todo eso es una necesidad, menos yo.
Yo  innecesaria, sin un plan emergente y expuesta al rin rin, al toc toc, al run run de todos los días, que llegan a otros destinatarios, menos a esta casa vieja y sin alma.
Innecesaria por las mañanas, cuando despierto en la cama y no está tu susurro, y desayuno con el reflejo del sillón vacío; innecesaria hoy por la noche que el eco del suspiro se esparce por todas las paredes.
Tú más necesitado que yo; yo menos que el gato, pero aún así nos necesitamos y nos desairamos tremendamente, en el tiempo otoñal de este lugar sin hojas caídas.

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